Una de las preguntas fundamentales de la psicología del desarrollo es: ¿cuándo empieza realmente la vida psicológica de un ser humano? Dicho de otro modo, ¿desde qué momento las influencias —internas y externas— comienzan a modelar la mente, las respuestas emocionales y la futura personalidad? Esta cuestión no solo tiene un interés teórico, sino también clínico, educativo y ético, porque de la respuesta se derivan modos distintos de comprender y acompañar al ser humano desde su origen.
Herencia, experiencia y desarrollo emocional: cómo empieza a formarse la vida psicológica
Cuando pensamos en el inicio de la vida emocional y psicológica de un niño, solemos imaginar que todo empieza después del nacimiento. Sin embargo, hoy sabemos que el punto de partida está mucho antes: en la combinación única entre la genética heredada y las experiencias tempranas, especialmente las vividas durante la gestación, el nacimiento -como vivencia emocional intensa-, y la primera infancia.
Temperamento: el punto de partida, no el destino
Cada bebé llega al mundo con una base genética heredada de sus progenitores. Este “mapa inicial” incluye no solo rasgos físicos, sino también disposiciones emocionales: mayor o menor sensibilidad al estrés, tendencia a la calma, facilidad para la irritación, inclinación hacia la alegría o hacia la ansiedad. A este sustrato biológico lo llamamos temperamento.
Pero el temperamento no determina la vida emocional del niño. No es un destino fijo, sino la materia prima sobre la que se construirá su desarrollo psicológico. Lo que un bebé trae al nacer es importante, sí, pero la forma en la que será moldeado dependerá, en gran medida, de las experiencias que viva.
Plasticidad neuronal: el cerebro se construye con la experiencia
Una de las grandes maravillas del cerebro humano es su plasticidad. Desde la gestación y durante los primeros años de vida, las conexiones neuronales están en constante formación, reorganizándose según lo que el bebé siente y experimenta.
Las experiencias tempranas —el estrés o la calma de la madre durante el embarazo, el contacto piel con piel, la calidad del apego, la seguridad emocional del entorno— influyen directamente en los circuitos cerebrales que regulan la emoción, la atención, la resiliencia y la confianza.
La genética marca unas predisposiciones, pero la experiencia decide cómo se expresan.
De la genética a la epigenética: el entorno como escultor
Durante décadas se creyó que la genética determinaba casi todo. Hoy, gracias a la epigenética, sabemos que los genes no funcionan solos: se activan o silencian según el contexto.
Las experiencias pueden modificar la expresión genética, afectando la regulación emocional, la respuesta al estrés, la capacidad de adaptación, e incluso la predisposición a estados de bienestar o dificultad.
La genética es la arcilla. Las experiencias tempranas son las manos que la moldean.
Temperamento, carácter y personalidad: tres niveles que se construyen
Podemos imaginar la construcción del mundo emocional en tres capas:
Temperamento → la base heredada.
Carácter → cómo esa base se moldea a través de la experiencia.
Personalidad → la integración final de temperamento, carácter y autoconciencia.
El mismo temperamento puede dar lugar a personalidades completamente diferentes según el entorno y la calidad del vínculo afectivo. Un bebé especialmente sensible, por ejemplo, puede crecer como un adulto creativo y empático en un ambiente seguro, o como alguien temeroso y retraído en un contexto emocional hostil.
El desarrollo psicológico empieza antes de nacer
Si las experiencias son decisivas… ¿cuándo empiezan a influir en el bebé?
La psicología prenatal y la neurociencia perinatal coinciden: el desarrollo psicológico empieza desde el momento de la concepción.
El bebé no es un receptor pasivo. Percibe, siente, reacciona y memoriza estímulos del ambiente materno. Las emociones de la madre, su tono vital, la calidad de su calma o estrés, su entorno sonoro y relacional… todo deja huellas tempranas que influirán en su desarrollo.
La madre y su ambiente emocional constituyen el primer hogar psicológico del bebé.
A menudo se atribuyen ciertas conductas difíciles del bebé o del niño exclusivamente a la genética:
“Es así desde que nació”, “Siempre ha sido llorón”, “Ese es su carácter”.
Esto puede llevar a una visión reduccionista que descarga nuestra responsabilidad como adultos. La verdad es que el temperamento existe, pero el carácter —lo que ese niño llegará a ser— depende sobre todo de cómo vive y procesa sus experiencias.
Cada bebé necesita una manera particular de ser acompañado, escuchado y comprendido.
Lo que para uno puede resultar neutro o sin importancia, para otro puede ser un estímulo intenso.
Por eso, la clave está en adaptar nuestra comunicación y nuestra presencia a la sensibilidad única de cada bebé y niño.
