En este momento estás viendo EL ARTE DE AMAR A NUESTROS HIJOS… Y QUE ELLOS LO SIENTAN ASÍ

EL ARTE DE AMAR A NUESTROS HIJOS… Y QUE ELLOS LO SIENTAN ASÍ

Amar a un hijo parece algo natural, pero lograr que él sienta ese amor es todo un arte. Podemos querer mucho, pero si ese amor no se expresa con gestos, presencia y ternura, el niño no lo percibe. Es como decir “manzana” en lugar de ofrecer una de verdad: la palabra no alimenta.

Los bebés y los niños necesitan sentir nuestro amor, no solo escucharlo. De esa vivencia depende su seguridad, su alegría y hasta su desarrollo emocional. Amar a un hijo y que él lo sienta así es todo un Arte, y como todo arte requiere de intención, conocimiento y dedicación.

Intención, que nace de la conciencia y la sensibilidad.

Conocimiento, porque entender cómo se forman las emociones y los vínculos nos permite actuar con sabiduría.

Y dedicación, porque criar es un acto de entrega profunda, un “sacrificio” en el sentido más bello del término: un acto sagrado de amor y respeto por la vida.

Este arte se aprende. Desde el útero materno absorbemos formas de amar: lo que vimos, sentimos y vivimos con nuestros padres y cuidadores. Algunas de esas experiencias fueron nutritivas y otras no tanto. Ser conscientes de ello nos permite no repetir patrones y ofrecer a nuestros hijos lo que realmente necesitan: escucha, comprensión y presencia emocional.

Amar no es solo proteger o cuidar, es también escuchar las emociones de los niños, permitirles expresarse sin juzgar, enseñarles a reconocer y gestionar lo que sienten. Esta “escucha emocional” es la base de la inteligencia emocional, esa capacidad que les permitirá ser adultos equilibrados y felices.

Amor incondicional

El amor que necesitan nuestros hijos es incondicional: los amamos simplemente por ser, no por lo que hacen o dejan de hacer.

Amar incondicionalmente significa ofrecer ternura, tiempo, empatía y aceptación, sin juicios ni exigencias.

Este amor debe sentirse desde el inicio de la vida, porque las primeras experiencias emocionales dejan huellas profundas. Cuando un bebé se siente amado sin condiciones, desarrolla seguridad, confianza y apertura al amor.

En cambio, el amor “con condiciones” genera miedo, inseguridad y dificultad para aceptarse a sí mismo.

Por supuesto, amar incondicionalmente no significa que no haya límites o conflictos. La diferencia es que cuando el niño se siente amado, confía. Sabe que los límites nacen del cuidado, no del capricho, y que detrás de cada corrección hay amor. Hablo de libertad de sentir, no de hacer.

El amor incondicional no evita los problemas, pero sí transforma la manera en que los afrontamos. Y, sobre todo, hace posible lo esencial: que nuestros hijos se sientan felices, seguros y profundamente amados.

Porque, al final, amar y que ellos lo sientan así es el mayor regalo que podemos ofrecerles.

Enrique Blay