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EDUCAR EN LA INTELIGENCIA EMOCIONAL

Más allá del coeficiente intelectual

Cuando hablamos de inteligencia, solemos pensar en la capacidad de razonar, analizar o resolver problemas lógicos. Es lo que tradicionalmente se ha medido a través del coeficiente intelectual (CI), vinculado al pensamiento racional y al desarrollo del neocórtex, una de las grandes conquistas de la evolución humana.

Sin embargo, esta no es la única forma de inteligencia. Existen muchas otras capacidades igualmente valiosas: la inteligencia emocional, la creatividad, la sensibilidad artística, la musicalidad, la capacidad relacional, la empatía o la intuición. Todas ellas configuran de manera decisiva la forma en que una persona vive, se relaciona y se realiza en el mundo.

El CI no lo explica todo

Además, el propio CI no es una cualidad fija ni inmutable. Sabemos que puede variar según múltiples factores, entre ellos el estado emocional de la persona. El CI mide, en un momento determinado, la habilidad para manejar abstracciones mentales como palabras, números o conceptos, pero no nos dice nada sobre la motivación, la imaginación, la creatividad, el liderazgo o la capacidad de amar y ser amado.

Por eso, como madres, padres y educadores, haríamos bien en preocuparnos menos por los resultados intelectuales y más por algo mucho más esencial: la felicidad de nuestros hijos, su autoestima y su vivencia profunda de ser amados. Un alto coeficiente intelectual no garantiza ni el éxito ni el bienestar. No se trata tanto de cuán inteligente es un niño, sino de qué hace con lo que tiene.

Autoestima y seguridad emocional

La autoestima y la autoconfianza permiten al niño desplegar su potencial. Por el contrario, los conflictos emocionales, la falta de seguridad afectiva o la carencia de amor sentido pueden bloquear incluso a los niños más brillantes, llevándolos al fracaso escolar o personal.

Qué es la inteligencia emocional

Aquí es donde entra en juego la inteligencia emocional, un factor decisivo para una vida plena. Podemos definirla como la capacidad para reconocer, expresar y regular las propias emociones, afrontar las dificultades, tomar decisiones conscientes y relacionarse de forma sana y empática con los demás. No es poco.

La inteligencia emocional no se aprende en los libros de texto ni se mide en los exámenes escolares. Se desarrolla a través de la experiencia, del vínculo y del ejemplo. Implica aprender a escuchar lo que sentimos, a poner nombre a las emociones, a aceptarlas y a gestionarlas sin negarlas ni reprimirlas. También supone desarrollar la empatía: la capacidad de comprender y respetar lo que sienten los demás.

La inteligencia del corazón en el mundo actual

En la sociedad actual —y aún más en la que viene—, el verdadero éxito pasa por la confianza en uno mismo, la autonomía emocional y la calidad de las relaciones. Las habilidades comunicativas y la gestión emocional son hoy tan importantes como los conocimientos técnicos o académicos. La inteligencia del corazón se ha vuelto imprescindible.

No es casualidad que muchas dificultades escolares o intelectuales tengan su origen en bloqueos emocionales. Alimentar únicamente el coeficiente intelectual es insuficiente. Necesitamos cuidar y cultivar el coeficiente emocional.

La gestación: el primer escenario de la educación emocional

La inteligencia emocional empieza a formarse desde la gestación. Durante el embarazo, el bebé no solo se desarrolla físicamente: también vive inmerso en un entorno emocional continuo. A través del cuerpo de la madre —de su estado emocional, de su nivel de calma o estrés, de su vivencia del embarazo— el bebé recibe información constante que va configurando su mundo interno.

El sistema nervioso del bebé es altamente plástico y sensible. Cada emoción vivida por la madre deja una huella, no como un recuerdo consciente, sino como una memoria emocional profunda que influirá en la forma en que ese niño se sentirá a sí mismo y al mundo.

Sentirse deseado, esperado, acogido y amado desde la gestación es la base más sólida para el desarrollo de una buena autoestima, una regulación emocional sana y una capacidad natural de vinculación.

El vínculo como base del desarrollo emocional

La educación emocional comienza ya en la gestación. El bebé aprende desde el inicio a través del vínculo con las personas significativas de su entorno, especialmente con su madre y su padre. Las emociones que vive, la calidad del contacto, la sensación de ser aceptado y amado, van dejando huellas profundas que influirán en su desarrollo emocional futuro.

Los adultos somos espejos en los que los niños se miran continuamente. De lo que vean en nosotros —de cómo sentimos, reaccionamos y amamos— dependerá en gran medida su autoimagen, su autoestima y su vivencia de ser dignos de amor.

Educar desde el amor consciente

Educar en la inteligencia emocional es, en el fondo, educar desde el amor consciente. Una responsabilidad inmensa… y también una oportunidad maravillosa para acompañar a nuestros hijos a convertirse en seres humanos plenos, equilibrados y felices.

Enrique Blay