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LA IMPORTANCIA DE LA CRIANZA: EL ARTE DE ACOMPAÑAR DESDE EL AMOR

Las bases emocionales de la vida se siembran mucho antes de lo que imaginamos.

Todo empieza antes del nacimiento

La historia emocional de una persona comienza mucho antes de que pronuncie su primer “mamá”. Durante la gestación, el nacimiento y la primera infancia se establecen las bases de dos pilares esenciales: por un lado, el vínculo afectivo entre padres e hijos, y por otro, la percepción que el bebé desarrolla de sí mismo.Sobre estos cimientos se construirá toda su vida emocional y social. A partir de ahí, el niño aprenderá a confiar o temer, a abrirse o cerrarse, a amar o defenderse del amor.

El vínculo que lo cambia todo

El vínculo afectivo o apego es una relación emocional intensa y duradera con una figura cuidadora —por lo general, la madre— que brinda seguridad, consuelo y amor. Los primeros dieciocho meses son un periodo especialmente sensible para su formación. Cuando ese vínculo es seguro, el bebé siente que el mundo es un lugar confiable. Más adelante podrá relacionarse con otras personas, incluyendo el padre, desde la base de esa seguridad interna. Pero cuando ese vínculo se resiente, se generan grietas que más tarde pueden convertirse en miedo, desconfianza o dificultad para conectar emocionalmente. Los sistemas del cerebro humano encargados de las relaciones sociales —empatía, afecto, cooperación— comienzan a desarrollarse durante la gestación y se consolidan en los primeros años de vida. Por eso, las experiencias tempranas son determinantes: moldean las redes neuronales que definirán cómo sentiremos, amaremos y nos vincularemos en el futuro.

Crianza: el arte de construir el barco

La crianza puede compararse a la construcción de un barco. Si los materiales son buenos —afecto, escucha, respeto— y el diseño es sólido, el viaje por la vida será más seguro y placentero. Atender las necesidades emocionales de los hijos en los primeros años no solo fortalece el vínculo, sino que crea una base de confianza mutua para cuando lleguen los tiempos más complejos de la adolescencia. Esa confianza será el timón que mantenga el rumbo incluso en medio de las tormentas.

La autoimagen: el espejo interior

Desde sus primeros días, el niño empieza a construir su autoimagen, la visión que tiene de sí mismo. Si siente que es atendido, escuchado y amado, interiorizará que tiene valor, que merece ser querido. Si, en cambio, percibe desatención o frialdad, crecerá con una sensación difusa de inseguridad y carencia. Así nacen los cimientos de la autoestima, que acompañará —o condicionará— el resto de su vida.

Educar sin apagar la esencia

El Dr. Edward Bach lo expresó con bellísima claridad: “Desde nuestro nacimiento se nos otorga el privilegio de una individualidad propia. Cada uno tiene una tarea especial que solo él puede realizar. Nadie debe interferir en ella.” Cada bebé es una semilla que ya contiene todo lo necesario para florecer. Nuestra tarea como adultos no es moldearla, sino cuidar el terreno donde crece, acompañarla y protegerla . Pero muchas veces —sin querer— interferimos. Lo hacemos desde nuestras heridas, desde la ignorancia o desde las carencias afectivas que arrastramos. A veces imponemos normas rígidas o reprimimos emociones simplemente porque así nos educaron a nosotros.

Nuestros hijos, nuestros espejos

Los niños son maestros silenciosos. Nos enfrentan a nuestras propias emociones, a las heridas de nuestra infancia y a las limitaciones de nuestra capacidad para amar. Nos devuelven el reflejo de aquello que todavía no hemos sanado. La forma en que fuimos amados deja una huella profunda: si nuestros padres fueron afectuosos y empáticos, es más probable que repitamos ese patrón. Si fueron fríos o distantes, podemos reproducirlo sin darnos cuenta… a menos que tengamos la sensibilidad de reconocer el daño que nos causó y decidamos actuar de forma diferente. La conciencia es la llave que nos libera del pasado. Reconocer, perdonar y transformar es lo que permite romper cadenas y criar desde el amor consciente.

La maternidad y la paternidad como oportunidad de transformación

Nuestros hijos nos ofrecen una oportunidad única: sanar nuestras heridas emocionales a través del amor. Nos conectan con nuestro niño interior, con aquello que alguna vez fuimos y que, tal vez, aún espera ser abrazado. Si la maternidad o la paternidad no logran derribar nuestras barreras afectivas, difícilmente otra experiencia lo hará. Sostener a un bebé en brazos y sentir su total indefensión despierta el amor más puro y transformador que puede experimentarse. Como escribió Erich Fromm en El arte de amar: “El amor materno (y paterno), en su cualidad incondicional, es como una bendición. Si existe, la vida se llena de belleza; si no, parece que toda la luz se apagara.”

El comienzo de todo

Recuerdo el momento en que tuve a mis hijos por primera vez entre mis brazos. Fue un antes y un después en mi vida. Sentí una oleada de ternura y una certeza: proteger, acompañar, amar. Nada me había preparado para esa intensidad. La paternidad —como la maternidad— no es solo una responsabilidad, es una oportunidad de crecimiento, de transformación, de entrega. Está en nuestras manos aprovecharla con conciencia.

Una reflexión final

En la relación con nuestros hijos cabe una pregunta esencial: ¿hasta qué punto tenemos derecho a interferir en su desarrollo? Criar no es moldear. Es acompañar, cuidar, nutrir y respetar la esencia única que cada ser trae consigo. El mayor legado que podemos ofrecerles no es una vida sin dificultades, sino un amor que los haga sentirse seguros, valiosos y libres para ser ellos mismos.

Enrique Blay